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14-01-2018
El desorden del alma

Por Leonel Aguirre Las cosas van a resbalar para todos lados/ No va a quedar nada que se pueda medir/ La tormenta del mundo ha cruzado un umbral/ Y se llevó puesto el orden del alma, escribía y cantaba Leonard Cohen a principios de los noventa.

Y vaya que se lo ha llevado puesto. Es tal el desorden en todas las áreas, que hasta yo, que no siempre he perseguido el orden de las cosas, clamo por un poco de rigor en seguir las reglas que nos convierten en “sociales”.

En el mundo, ese desorden nos ha regalado a Trump. Kim Jong-un, Maduro, Cristina Fernández y tantos y tantas otras (para mostrarme inclusivo), y ha colocado patas para arriba cualquier tipo de orientación política y de convivencia.

La censura ya no proviene de los conservadores, los progresistas defienden y amparan las represiones, los de nobles sentimientos se suben al carro de la pos verdad.

Las feministas radicales le pasan por arriba a los hombres, los discriminan, los acusan sin pruebas, los condenan por el simple hecho de ser hombres. Instalan que vivimos en un patriarcado, cuando ya hace décadas que la mujer ha ganado terreno por méritos propios de superación y no de imposición. Los hombres estamos siendo monitoreados como si estuviéramos bajo regímenes como los de Stalin o Hitler... y no crean que exagero, ya que primero te condenan, después te entierran y si tenés suerte vivís desterrado. Por supuesto que existen hombres violadores, hombres asesinos, hombres que se aprovechan de su fuerza física. Pero la igualdad no se consigue discriminando a todos los hombres, ni transfigurando el lenguaje, ni exigiendo cuotas de bancas en los parlamentos. Todavía flota en el aire el desempeño de nuestra Michelle Suárez.

Los autodenominados progresistas, no tienen empacho en reivindicar la represión y la muerte en gobiernos que se autodenominan de izquierda. Cuba es una dictadura que puede desaparecer gente, enviarte a la cárcel por denunciar al régimen, tener un comisario político en cada manzana que controle tu fe revolucionaria, pero no pasa nada, porque sigo creyendo en la utopía (o la farsa) de la revolución. Y allí andan justificando a Maduro, a Ortega y a Cristina Fernández, que increíblemente se sube al estrado de progresista y de estar del lado del pueblo, cuando sencillamente han sido una banda de delincuentes que ha saqueado a su país y se ha enriquecido a la sombra de discursos de supuestos derechos humanos.

El progresismo también ha instalado la pos verdad. El caso más notorio es la muerte del argentino Santiago Maldonado. No importa si Maldonado cometía un delito cortando una ruta. No importa si cortaba dicha ruta pidiendo la liberación de un autodenominado mapuche, acusado de asesinar a una pareja de ancianos chilenos al quemarles su propiedad, no importa que se ahogara porque no sabía nadar. No importa que los de la RAM supieran desde el primer día que se había ahogado. No importa que el adolescente que cruzó el río con él y no se ahogó, haya marcado el lugar donde siempre supieron que estaba. No importa que los perros rastreadores, desde el primer día indicaran que el rastro estaba en el río. No importa que se haya montado toda una campaña política "k" y de organizaciones que pretendían desestabilizar a un gobierno elegido democráticamente. No importan las conclusiones de más de 50 peritos forenses. Porque lo que importa es lo que me conviene o me gusta políticamente. En las escuelas, en las guardias hospitalarias, en los recitales, en las redes sociales y hasta en diarios como el Observador, se armó una imagen de Santiago Maldonado de artesano pacifista secuestrado y asesinado por la gendarmería de la dictadura macrista. No importan los hechos reales, importa “la verdad” que instalamos nosotros, los justos, los buenos, los progresistas. Lo que vale es nuestra pos verdad.

En nuestro conservador país, el progresismo ha mutado y se ha transformado, de la mano del gobierno de Mujica, en una especie de anarquía irracional, donde las palabras de su gurú , lo político está por sobre lo jurídico, parecen la biblia a seguir. Así asistimos a la farsa del remate de PLUNA, a la farsa del título de Sendic, a la farsa que estamos sacando a los pobres de la pobreza, sin mover una sola ficha para transformar a la educación, educación y educación. El viejo discurso de “para el pueblo lo que es del pueblo” ha quedado colgado en los acordes de alguna vieja canción “revolucionaria”. Ese pueblo es rehén de la desmesura del estado, de la falta de rigor con los que delinquen (los de fierro en mano y de los otros) y ni que hablar del descontrol de la deuda externa que se ha quintuplicado bajo los gobiernos progresistas.

Por supuesto que esto también es posible porque la oposición no escapa al desorden y a no darse cuenta que la tormenta del mundo también ha cruzado el umbral del Uruguay. Se sigue gastando energía en defender chacritas de poder. Será una frase poco original, pero se sigue mirando el árbol y no el bosque. Sin ir más lejos, asistimos a observar cómo Larrañaga hipoteca su futuro, al no condenar un claro acto de torpeza política del intendente Bascou, cuya intendencia compraba combustible en una estación de servicio de su propiedad. Un asesor suyo me dijo que ellos se ceñían a lo que había decretado el comité de ética del partido. ¿Pero acaso es necesario un comité de ética frente a algo que se resuelve con sentido común? Si la oposición quiere instalarse como una opción de cambio, tiene que poner las barbas en remojo y ser lo más transparente y creativa posible. Antes que proponer que la oposición se una, hay que dar señales de que realmente se quiere cambiar la cabeza de un país conservador y donde prevalecen los amiguismos.

Lamentablemente las cosas no van a resbalar para todos lados, porque ya estamos totalmente abiertos de piernas y sufriendo las consecuencias de lo jabonoso de la sociedad. Salvo que alguien nos convenza que ese jabón se utilizará para un borrón y cuenta nueva y que el orden del alma va a encontrar su rumbo.

Foto tesorosdelalma.wordpress.com

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