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20-01-2017
Parirla ahora

Por Diego Martínez

No hay dos mitades del Uruguay político. Hay un país hecho pedazos.

Eso que algunos politólogos, o incluso opinólogos, pretenden presentar como la mitad de izquierda –con mayoría parlamentaria absoluta- ha venido siendo en realidad el absolutismo. Hacia afuera y hacia adentro.

Hacia su exterior es la mayoría que sube impuestos para pagar déficit y endeudamiento, la que miente y miente, la que sigue gastando en amigos, clientes partidarios, que frustra acuerdos comerciales internacionales, es la mayoría que endeuda a las nuevas generaciones, la que bloquea investigaciones, la que compra aviones que no pueden volar ni en el Parque Rodó, la que se solidariza con jerarcas investigados por el Poder Judicial sin esperar el pronunciamiento de éste.

Hacia su interior, es la puja instalada históricamente por el MLN a la salida de la cárcel en los años ochenta, esto es, que el MPP no sea parte del FA sino que éste termine siendo funcional y parte del MPP. De ahí que Tabaré Vázquez haya sido tan explícito desacreditando a Eduardo Bonomi, cuando ante sus propias narices y en silencio, el 12 de diciembre presentó las 33 medidas de seguridad en el deporte. Desde ese día, Tabaré Vázquez es su propio ministro de Interior y Bonomi es un cadáver político que sólo resucitaría con un “levántate y anda” propio de las torpes interpelaciones de este tiempo en que “yo hago que te quiero censurar y tú haces que te quedas porque la mayoría lo dice”.

En lo que algunos opinantes consideran “la otra mitad”, la no oficialista, en realidad no han reparado en algo que Freud expresaría sin someter a nadie al psicoanálisis… todos quieren ser presidente. ¿Está mal? No. ¿Está bien? No.

Se trata de otra cosa. Si del otro lado, en la “otra mitad” –en el FA frustrado- han fundado el absolutismo, pues aquí –donde aún se guarda respeto y se prioriza la libertad y el estado de Derecho- hay que preparar el parlamentarismo. ¿Por qué? Pues porque el absolutismo del Frente Amplio termina o termina y ello ocurre por la decisión histórica del Diputado Gonzalo Mujica de restar de esa matemática parlamentaria su voto. Ya no se tratará que no exista el absolutismo, es que tampoco habrá mayoría absoluta, una oportunidad institucional que el FA ha tenido en varias oportunidades y etapas y que en lugar de utilizarla con virtuosismo republicano, la desvirtuó hacia el populismo.

También porque el fraccionalismo en que ha derivado la oposición, es necesario transformarlo en algo virtuoso y funcional a un proyecto de país en serio, de grandeza, de honra al espíritu fundacional de esta república.

El momento, el antecedente más destacable al respecto de una “cultura parlamentarista”, sabemos que es la etapa en que Alejandro Atchugarry se desempeñó como ministro de Economía durante la crisis de 2002. ¿Hay alguien que se atreva a negar que Alejandro Atchugarry fue un primer ministro durante dicha crisis?

Miremos ahora los gestos dramáticos del Uruguay reciente, ése que sigue latiendo en el corazón de centenares de miles de compatriotas que vivieron un país en clave de emoción, de dolor y alegría, de compromiso hasta la muerte, el país de Wilson Ferreira Aldunate, Wilson, recién liberado de las cárceles militares y de Manuel Flores Mora, Maneco, a sablazo partido con el cáncer, sin voz, pero logrando a coraje que todo el Uruguay sintiera su país de libertad, justicia y reencuentro. Los dos dieron lo mejor de su vida para que hubiera país.

Entonces, en la llamada “otra mitad”, la opositora, lo que llama, lo que convoca –más que el derecho a cualquier tipo de postulación- es un deber, el deber de restituir la grandeza a esta república. El derecho a ser presidente de la república está disponible para cualquiera, el deber para hacer una república de grandeza no. Sólo lo está para quienes sientan que la verdadera humildad es la conciencia de la propia pequeñez y sólo por ahí pasa la solución.

Cada agrupación, cada partido, cada candidato, debe ser conciente de su pequeñez en relación al sueño de rescatar ese Uruguay de grandezas en serio hecho desde lo más dramático de la vida y muerte de sus forjadores. Más allá de crear nuevos partidos, agrupaciones y candidaturas, lo que resulta impostergable es alumbrar una fuerza política capaz de llevar hacia la grandeza a un país hoy sin convicciones ni proyecto.

Esa fuerza está más allá y más acá que la que anima las internas partidarias y las elecciones nacionales. Es la que en noviembre de 2019 resolverá el Uruguay del siglo XXI. Hay que parirla ahora, ya. ¿Se entiende?

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