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01-10-2013
La reja y el progresismo

Por Osvaldo Burgos

Cortázar lo contó mejor que nadie: enfervorizados por su número, soberbios en su belleza juvenil y seguros de estar respondiendo a una llamada irrenunciable de la historia, los estudiantes de mayo del 68´ llegaron hasta la reja de la fábrica Renault. Del otro lado esperaban los obreros.

La fotografía de ese encuentro es una imagen que aún perdura. Ha sido reiterada hasta el hartazgo, desde entonces, en un sinnúmero de sitios convulsionados.

Cíclicamente vuelve todavía, cambiando de modo visible los rasgos de los rostros según el país del que se trate. Una y otra vez, mantiene idénticas las expresiones, siempre fieles a sí mismas. Los estudiantes ceden en su avance, los obreros insisten en su resistencia.

La incomprensión mutua es un peso muerto que cae sobre ambos grupos.

Aquella simple reja fabril –y con ella, todas las variantes que ha tenido a lo largo del tiempo, en cada regreso furtivo de la imagen- emplaza el límite infranqueable de la mitología revolucionaria. Pese a su aparente futilidad utilitaria, es la manifestación más inapelable del río final que cercena cada relato mitológico.

“La juventud es generosa, persuadida de ser grande solamente cuando no pelea por ella misma sino por los demás; los obreros están seguros de su fuerza y de su derecho, pero no tienen que ser generosos pues se admite de antemano que nunca son tan grandes como cuando pelean primero por ellos mismos”, ha escrito magistralmente Jean Claude Milner, una de las pocas mentes brillantes que nos quedan. Según él, mayo del 68´ no fue el inicio de nada, sino la trágica constancia de una imposibilidad. El inicio de un fin que, dos décadas después, llegaría a consumarse. “Conozco lo que siguió tanto como todo el mundo; no respondió en absoluto a las expectativas de los primeros días. La manifestación devino ocultación, la palabra devino parloteo, el número político devino población sociológica”, apunta.

En el planteo de Marx los obreros son la última estación. Por eso se los dispensa de cualquier otra cosa y se les exige que hagan caer la reja desde adentro, luchando por sí mismos. Luego, en un salto argumental no justificado, se asume que han de ser ellos quienes piensen por todos. Los últimos serán los primeros.

Economista al fin, Marx despreciaba a quienes estaban fuera del mercado laboral. “Lúmpenes” los llamaba. Amputados de conciencia de clase; inhibidos de facultad de organización; imposibilitados de actuar más allá de sus necesidades inmediatas y de subordinarse a una ley; para el relato marxista los lúmpenes no cuentan. Nadie en su sano juicio intentaría con ellos una revolución. “Cuando todos seamos proletarios, ejerceremos colectivamente la dictadura” (sobre nosotros mismos); “Cuando todo sea del Estado; el Estado no tendrá necesidad de ser”. Ante semejante retórica, la prédica revolucionaria toma la forma de un realismo mágico. A la distancia, cuesta creer que una irreflexión tan grosera costara tantas vidas.

Como una paradoja del destino, los gobiernos progresistas todavía buscan la forma de completar el gesto revolucionario, interrumpido ante aquella vieja reja parisina. Pero la reja ha mutado en una proliferación de abismos insondables. Y al otro lado están los excluidos, los marginados, los lúmpenes que tanto molestaban a Marx. Convivimos con niveles inauditos de indigencia. Los últimos, entre nosotros, ya no pueden ser los primeros. Y eso afecta la posibilidad real de ejercicio del derecho. Porque al fin y al cabo, solo se tienen los derechos que pueden ejercerse. El resto; no más que ocultación. No más que parloteo.

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