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23-09-2013
El Estado soy yo

Por Osvaldo R. Burgos

Dice Foucault en “Genealogía del racismo” que el personaje central de todo nuestro sistema jurídico occidental es el rey. Como tantas otras provocaciones filosóficas, ésta es una afirmación altamente reveladora justamente por lo que tiene de inexacto.

Lo cierto es que hablamos un lenguaje notoriamente propenso a las entronizaciones: desde “o rei Pelé” y “Elvis, the King” hasta las reinas de belleza o los reyes del carnaval –pasando por la soberbia exageración de un exfutbolista que suele firmar como D10s- es evidente que el rey (tomado más allá de Foucault, como término genérico que incluye a toda la realeza) es el personaje central de nuestra imaginería social.

Pero esta forma “real” de institución imaginaria de la sociedad, funciona solo porque se trata de reyes simbólicos, con atributos de cotillón. Si alguno de ellos manifestara su voluntad de reinar efectivamente, claro está que resultaría patético.

Aunque Foucault no lo advirtiera, el sistema jurídico occidental se despliega precisamente a partir del desplazamiento de su centro de legitimación. Desde la figura del rey hacia una abstracción ya en crisis, pero todavía incomprensible para nuestro lenguaje cotidiano y aun no receptada por nuestra imaginería social: el sujeto de derecho.

Tal y como ocurre con el sistema solar –en cuyo centro no está el sol sino un espacio vacío cercano- en el centro del sistema jurídico occidental no está el rey sino, justamente, la constancia de su ausencia. El espacio que el rey dejó, el sitial del que fue despojado. La referencia atributiva de poder que se vio obligado a abandonar cuando su sangre se reveló tan roja como la de cualquier vecino.

Somos tributarios de ese desencanto, nacimos de semejante frustración. La pérdida de la figura del rey como padre común nos obligó a decidir sobre nosotros mismos. Desde el momento en el que reivindicamos la pluralización de la soberanía estamos solos, huérfanos y apremiados por la urgencia.

“Nosotros salimos de la sombra. No teníamos derecho y no teníamos gloria y justamente por eso tomamos la palabra y comenzamos a relatar nuestra historia”, sigue diciendo Foucault. Ahora sí acordamos: aquí, tomar la palabra es apropiarse colectivamente de la facultad de juzgar que antes también se ejercía en el nombre único del soberano. Entendido al modo occidental, entonces, el sistema jurídico no sería otra cosa que la garantía de continuidad de un relato histórico, iniciado en el acto de aquella apropiación colectiva.

Al fin de cuentas, lo propio de la historia es persistir; lo propio del sujeto de derecho es hacerla. Aceptar la evidencia de que la historia no empezó ni va a terminar con ninguno de nosotros implica, por un lado, aceptar que su relato no admite cortes abruptos y, por el otro, que jamás podemos decretar su final. Pese a nuestro lenguaje monárquico, entre nosotros (salidos de la sombra, justificados por la ausencia) no hay palabras mágicas ni reyes que puedan escribir el guión.

Lo triste es cuando algunos gobernantes lo olvidan. Entonces, como reinas de la primavera que intentaran prohibir el invierno, actúan convencidos del dogma de su excepcionalidad. En ese convencimiento, se evaden del derecho occidental y reniegan de la experiencia histórica.

Más allá de cualquier apropiación de los dineros públicos –que puede o no resultar su consecuencia- esa conducta errática de quienes elegimos simplemente para que nos representen, resulta ser la más escandalosa, la más absurda y, lamentablemente, también la más común de las formas de corrupción en nuestras sociedades democráticas.

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