Estás en: |
Loading
16-09-2013
Tomar partido

Por Osvaldo R. Burgos

"Por todas partes, se suprime la distancia: entre los sexos, entre los polos opuestos, entre el escenario y la sala, entre los protagonistas de la acción, entre el sujeto y el objeto, entre lo real y su doble. Y esta confusión de términos, esta colisión de polos, hace que en ningún sitio sea posible ya un juicio de valor: ni en arte, ni en moral, ni en política. Al suprimirse la distancia, todo se vuelve indecidible".

El texto es de Baudrillard, quien dice además que la pérdida de la diferenciación es el fin de la ilusión estética ("cuando todos se hacen actores, ya no hay acción, ya no hay escena"). Sin embargo, aunque interesante, el planteo presenta notables vicios de coherencia y, por eso mismo, resulta peligroso.

En primer lugar, la supresión de la distancia no implica la confusión de términos: el pasaje de una a otra afirmación expone un salto argumental infundado y, por lo tanto, temerario. Para verlo con un ejemplo, podemos pensar en las escuelas: si de verdad creemos que el acercamiento entre maestros y alumnos conlleva la confusión entre unos y otros, tenemos un grave problema. Y ese problema no está en el acercamiento sino en la confusión. Exactamente lo mismo es posible afirmar respecto a la relación entre padres e hijos.

Tampoco es válido sostener que la supresión de la distancia suponga una colisión de polos y, mucho menos, que semejante escenario haga imposible los juicios de valor. Igualación no es igualitarismo. Grafiquémoslo con otro ejemplo: si de verdad creemos que la igualdad de derechos entre hombres y mujeres conduce a la indistinción entre los sexos, tenemos de nuevo un problema grave. Pero el problema no está en la igualación jurídica –que es, tal vez, nuestro mayor avance sobre la injusticia- sino, otra vez, en la ambigüedad. Igualar es, en verdad, asumir el compromiso de tratar de manera desigual las situaciones desiguales. Y ello, claro está, obliga previamente a reconocerlas. Como es obvio, la decisión de asumir la relatividad histórica de los juicios de valor no implica negar su necesidad. El arte, la moral, la política, no existirían sin ellos.

Por lo demás –y es la omisión de constatarlo lo que hace de este texto un peligroso llamado a la resignación, un velado elogio de la pasividad- es justamente la constatación de la indecidibilidad lo que nos urge a decidir. La humanidad solo es posible en plural, en el reconocimiento del otro, en el gesto de hospitalidad, en la insalvabilidad de la distancia. Al fin, con la decisión pasa lo mismo que con el perdón. No pronunciarse es no perdonar; no decidir es, también, tomar partido.

No todo es aceptable, no todo es lo mismo, no todo da igual.

Pese a Baudrillard, hoy que todo parece técnicamente posible, urge decidir qué es lo que entendemos como éticamente deseable. Que límites estamos dispuestos a imponernos, qué comportamientos consentimos en tolerar. Ésa es la decisión que se nos impone en estos tiempos convulsos. Y postergarla es una forma de asumirla. En el peor sentido.

Logueate para votar
Facebook icon
Debes estar logueado para poder comentar
| 01-10-2013

Por Osvaldo Burgos

Cortázar lo contó mejor que nadie: enfervorizados por su número, soberbios en su belleza juveni...

| 23-09-2013

Por Osvaldo R. Burgos

Dice Foucault en “Genealogía del racismo” que el personaje central de todo nuestro sistema j...

| 16-09-2013

Por Osvaldo R. Burgos

"Por todas partes, se suprime la distancia: entre los sexos, entre los polos opuestos, entre...

Cambiar color del texto
>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>