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24-05-2013
La muerte gris de un hombre oscuro

Por Osvaldo Burgos

Puede parecer paradójico, pero los caminos de la historia –como los del señor que es, para los creyentes, el nombre que resume todas las historias posibles- son inescrutables.

El máximo responsable de las desapariciones en Argentina, ha muerto. Nadie quiere recibir sus restos. Los vecinos de su ciudad, se niegan a que sea enterrado allí. La municipalidad impide cualquier ceremonia en los espacios públicos del cementerio.

Quien se arrogara el derecho a dar la muerte y negar, a miles de personas, la humana posesión de un sitio donde ser recordados, tendrá un entierro anónimo. A una hora desacostumbrada, apurado, con medidas de seguridad que alejen el bochorno y los testigos. Su familia -eso sí- dispondrá del cuerpo. Nadie deberá, como la Antígona de Sófocles, violar ninguna ley para darle sepultura.

En nuestros años más atroces, este hombre dirigió un plan de exterminio del que nunca se arrepintió. Los errores y los excesos de los que hablaron sus acólitos – excusas que han vuelto a escucharse hoy en boca de acólitos de otros, ante la evidencia de sistemáticos delitos de otra índole- no resultan admisibles. El mesianismo es un exceso tal, que ningún comportamiento en el que se exprese puede serle excedente. Y allí radica su error.

En la excitación apocalíptica de quien se siente agente de un futuro prometido, la verdad relevada puede ser cualquiera. El medio agota el mensaje; el mesiánico es su propio objeto de fascinación. Usando un ejemplo fantástico de Peter Sloterdijk, podemos describirlo imaginando un grupo de legionarios unidos por su afición al Prozac que, instalados en el poder de un Estado, inician una cruzada contra los consumidores de Valium. Declarándolos herejes, amenazan con destruirlos si se niegan a pasarse al medicamento propio.

Elevar lo propio a la categoría de apropiado y asumirse, luego, en situación de dictar lo apropiado para los otros, configura una conducta maníaca. Por eso, la elección de sedantes en el ejemplo no es casual. Cuando los sedantes no cumplen con el efecto prometido, el delirio maníaco deviene inevitable. La supresión física o simbólica de quien se empeña en no creer, se entiende como un mandato de dignidad. La neutralidad, como una traición.

Más tarde o más temprano, para estos fundamentalistas del Prozac, el consumo de Valium será apenas un concepto justificatorio. Una endeble excusa para ejercer el afán inconfesable de decidir sobre la vida y la muerte de los demás.

En esta instancia, la cuestión se complica.

Cuando el bacanal termina y los cruzados –sea cual fuere su “misión” salvífica- despiertan de su apoteosis, lo que les preocupa, en realidad, es el ocultamiento de sus crímenes; la legitimación –el blanqueo- del fruto de sus delitos. Los artilugios empiezan a desarmarse; los mecanismos del fervor inducido quedan a la vista. La retirada nunca es prolija: el dogma de infalibilidad marca huellas tan profundas que no pueden borrarse fuera de su tiempo de apogeo. Lo infalible, por definición, ha de ser eterno.

En un mundo en blanco y negro, como el mismo Sloterdijk observó, cuando un grupo radicalizado llega al poder, todo gris se declara propaganda antirrevolucionaria. Y pueden pasar generaciones hasta que vuelva a permitirse el reconocimiento público de las ventajas de un mundo con grises.

Por eso -más allá de lo inescrutable que sus caminos fueran- la historia nunca absuelve ni perdona a quienes intentan apropiarse del futuro, proclamando su salvación. Apenas guarda, para semejante absurdo, los rigores del oprobio; la ignominia del olvido.

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