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29-10-2012
Sobrevenir quiere decir llegar con todo

Cuando de pintar se pasa a bailar, ser uno con la pintura de Joaquín Ignacio Sánchez el ciruelo de mi vecina irrumpe en flores imposibles. El movimiento se vuelve estático, contemplación, esclarecimiento espiritual. Si la primera función del arte es descolocar, lo primero que sentí entrecerrando los ojos cuando el joven pintor irrumpió con esa obra en mano fue un árbol de cielo. Se me abrió como un koan .Fue una alegría de una serena luminosidad. Al artista no le cayó muy bien que le pusiera una especie de título a su tela, de repente porque no suponemos algo más alejado del paisaje a primera mirada que la pintura de acción. Pero cuando referí , ya no árbol de cielo sino ciruelo de mi vecina irrumpe en flores imposibles me mostró en el celular una foto que le había enviado su madre después de haber visto el mismo cuadro y contó que, azarosamente lo había pintado debajo de un ciruelo. Nunca sabremos cómo se formalizó esa rama que sólo es visible si se contempla desde los espacios en blanco , eso aire de ciruelo, tan cielo zen de la tela, xilografía japonesa, colores que evocan a Hiroshigue, sugerencias de un mundo flotante y efímero, ukiyo-e. La anécdota es otra manera de celebrar ese misterio que la pintura es. En su acting painting o dripping , goteado, chorreado, asentamiento del aquí y ahora , pintura y danza se mimetizan. El artista sin voluntad organizativa, se entrega sin coreografía o premeditación al proceso de pintar y va bailando alrededor de su lienzo en el piso generalmente descalzo chorreando los pigmentos , moviéndose con la tela .Involucrando el cuerpo entero. Y pintar se vuelve ser. Nunca diré si el pintor se adueña de la pintura o si sucede al revés. El chorrete y el color acontecen, van sugiriendo impresiones atmosféricas, matéricas que nos llevan sin sucesión de continuidad hacia un centro de calma donde la respuesta entera está. No es posible limitarla a una pintura del accidente, la danza o el azar.El verdadero tema de la pintura es la pintura misma. Cuando Joaquín Ignacio se aleja de los colores primarios, se arriesga al óxido, a los grises torresgarcianos, al musgo, a la tierra, al líquen. Entrama. Y arremete algo brujeril, los esmaltes alcanzan la intensidad de las fibras orgánicas.Pintura escultórica. Toda revuelta en la tela. Un perfume zen cada vez más denso, sotobosque, excitación materiza cuadros como este que dan ganas de pisar. Pisar sí, con todo esa voracidad reverente de meterse en la obra, ser parte de. La palabra de orden para empezarlo me dice que fue teja. Mano del hombre ,barro operado con agua y fuego. Condensación erótica. Pulsando acaso desde su origen de escultor.Después lo llamó el musgo.Y se fue dejando seducir. Estas dos telas sin nombre irrumpen ora árbol de cielo o sotobosque originario. Liberadas de la estructura y de las etiquetas ya sin resistencia auguran como si fuera posible una canción más honda.Como la harina canta el sol y el agua llevan mi atención al animal de fondo de la pintura. Sobrevienen.

Roxana Gutiérrez. Artista plástica.

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